Hemlock Grove, asustando con lobos

11 May

A lo lejos, sobre los tejados de los monótonos barrios residenciales de una ciudad yanqui cualquiera, empieza a verse un rascacielos. Un enorme edificio de porte fálico que rompe el horizonte. Giramos la última curva y nos topamos con el cartel de bienvenida. Ya pisamos las tierras de Hemlock Grove. La señal nos pide circular cuidadosamente. “Drive carefully”. Pero las inclemencias atmosféricas han ido borrando, premonitoriamente, las grafías de la R y la V. “Die carefully”. Muere cuidadosamente…, tiene gracia. Como forasteros aún no lo sabemos, pero a poco que te adentres en esta extraña ciudad verás que la muerte y el detenimiento, el discurrir del tiempo cuidadosamente, lo copan todo en “Hemlock Grove”.

hemlockgrove

La imagen promocional de la última serie del videoclub virtual Netflix revela perfectamente la esencia de “Hemlock Grove”. Más todavía si, alejando la vista del cartel de bienvenida, uno se percata de la garra animal que pende a un lado; el monstruo contempla una nueva madriguera en el horizonte. Y toda la ficción va a funcionar en base a este movimiento. El zoom out nos convierte las gruesas pinceladas en un cuadro expresionista. La historia no avanza, simplemente la imagen se va abriendo poco a poco para abarcar todo el retrato. Una serpiente devorándose, el hombre mudando la piel hacia el animal, una uña partiéndose por la mitad, el bodegón de fruta podrida rodeada de moscas, un ojo robotizado, las entrañas colgando… Pinturas negras que van uniéndose para perfilar una lucha entre criaturas salvajes que se esconden bajo la apariencia humana. Así luce el lienzo que el director de cine gore y de terror, Eli Roth, representa bajo las nuevas formas de mecenazgo que garantiza Netflix.

Una atmósfera asfixiante

El continente influye necesariamente en el contenido. Y Netflix lo está demostrando. La compañía está lanzando de forma simultánea todos los capítulos de sus ficciones, para que así los abonados decidan cómo, cuándo y con qué periodicidad ven las series sin necesidad de esperar a la emisión tradicional. El director general de la compañía, Reed Hastings, ha vaticinado que “esperar ha muerto”. Lo que sí es una realidad es el toque Netflix. Las series hechas por y para este videoclub online no tienen que preocuparse de fidelizar semanalmente a los espectadores, ni mantener una tensión narrativa in crescendo, ni limitar su duración para dejar espacio a la publicidad… Primero “House of cards”, y ahora “Hemlock Grove”, han podido acercarse a historias más contemplativas, explayarse en la construcción del tono o estructurar las tramas de forma más libre. Estamos pues ante un nuevo modelo de distribución para un modelo de narración distinto.

En “Hemlock Grove”, adaptación de una novela reciente del también guionista Brian McGreevy, esta libertad creativa se concreta en una serie de atmósfera desconcertante. La llegada de una familia gitana a la ciudad coincide con la muerte de una joven en condiciones realmente brutales. Los habitantes de Hemlock Grove y la policía comienzan a sospechar del joven gitano, al que acusan de ser un hombre lobo. Para que el conflicto empiece a construirse sobre semejante acusación y se sostenga hay que tener en cuenta la idiosincrasia de este pueblo. Raro se queda pequeño, para hacer justicia habría que calificar Hemlock Grove de muy extravagante. Y Eli Roth, que ejerce aquí de productor ejecutivo, no duda en dedicar todo el tiempo necesario a retratar este halo de extrañeza que rodea a todos sus personajes en detrimento del avance de las tramas. La pregunta constante es qué está pasando, no qué va a pasar. Impera el carácter contemplativo sobre el narrativo.

henmlock grove

Tan vintage como gore

El ambiente que rodea a la serie es el que se encarga de atrapar al espectador. Al margen de los manidos iconos licántropos, que pueden hacer pensar que estamos ante una serie fantástica más, hay destellos sugerentes. Como la señas de la casa Roth, el toque gore, que aquí explota en violentos crímenes y metamorfosis desgarradoras. O como esa mezcolanza temporal que lo impregna todo. A veces tiende a los avances futuristas, con los laboratorios a la cabeza y la chica gigantona a medias humana a medias androide; y otras veces se ancla en épocas pasadas, como el vestuario, el tupé o el Jaguar descapotable del hijo de los Godfrey. También una fotografía pálida, de tintes enfermizos, contribuye a avejentar la estética de “Hemlock Grove”.

Por este pueblo, ese carácter extraño y el tempo sosegado, la serie recuerda inevitablemente a “Twin Peaks”, la obra de David Lynch que revolucionó la ficción televisiva a principios de los 90. Pero los paralelismos que quedan ahí. Los personajes de Hemlock Grove no tienen el carisma de aquellos que poblaban Twin Peaks y se echa en falta una trama, como la investigación de la muerte de Laura Palmer y la conmoción entre sus vecinos, que dé verdad a la historia y la guíe por caminos firmes. Aquí la foto fija se va ampliando poco a poco y deja intuir criaturas monstruosas y prácticas eugenésicas. Veremos si es suficiente para mantener la ciudad en pie. El riesgo que corre la serie de Netflix es que una vez se disipe la niebla, lo que quede debajo esté en ruinas. Por eso Hemlock Grove huye de la luz, porque quizá a esa ciudad que vemos en el horizonte, tras la señal que nos da la bienvenida y avisa de su peligro, sólo le siente bien la luz de luna llena.

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