Goya 2013: pintando a Blancanieves

15 Feb

Falta muy poco para la entrega de los Goya 2013, y los nervios están a flor de piel. No sólo entre los nominados, también en el gobierno de Rajoy, que se teme una gala de pancarta y banderín contra las últimas estocadas que el ejecutivo ha asestado a la cultura. No sé qué es lo que piensan, pero creo que lo imposible será que no se hablé de la clase política cuando toda la ciudadanía los está poniendo verdes. Saldremos de dudas este domingo en La 1, en la gala que Eva Hache volverá a presentar por segundo año.

Abrimos en el blog un espacio dedicado a las películas y al reflejo que ese cine tiene en la parrilla televisiva. Por el momento, en la gala de este domingo se avista un combate feroz entre dos largometrajes: “Lo imposible” y “Blancanieves”. La película más taquillera del cine patrio contra la que más nominaciones acumula este año. Hoy comentamos la segunda, la versión personal de Pablo Berger sobre el cuento de los hermanos Grimm.

Nadie habla y habla todo

Sobra decir que el director bilbaíno nos cuenta su historia en una película muda y en blanco y negro, en un claro homenaje a las primeras películas de ficción. La fórmula resulta muy novedosa (y eso que el filme ha tenido la desgracia de llegar a las pantallas un año después que “The artist”), pero seguramente no es accesible para todos los espectadores.

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Berger deja a un lado las palabras (sólo emplea algunos intertítulos cuando son necesarios para comprender las escenas), pero a cambio se sirve de todas las posibilidades que le brinda el lenguaje cinematográfico. La fotografía resulta espectacular y hace honor al título de la película. Aprovecha todas las connotaciones que destilan el blanco y el negro, enfrentando el bien contra el mal, la claridad y candidez de Blancanieves contra la tenebrosidad de la madrastra. Dos colores son suficientes en la paleta del director y publicista bilbaíno. Murnau y el cine expresionista estarían deslumbrados con la utilización que se hace de la luz en esta revisión del cuento. Los planos en picado y contrapicado, las sobreimpresiones y la cámara en movimiento se suman a ese potencial narrativo de las imágenes. Para el recuerdo queda esa sombra que apaga al personaje de Maribel Verdú.

También habla, y mucho, la banda sonora. Alfonso de Vilallonga está nominado al Goya a mejor música original por unas composiciones que nos conducen de la risa al llanto con una fluidez admirable. Esa ambientación sonora que crea para la Sevilla de los años 20, con las palmas y la guitarra como elementos principales, resulta asombrosa.

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La versión del cuento es bastante libre, partiendo desde la ambientación hasta el núcleo mismo de la historia. Se mantiene la envidia de la madrastra y algunos de los fragmentos más famosos (ese “cazador” que debe matar a la joven o la manzana envenenada), pero desaparece el poder redentor del amor y Berger hace más hincapié en el dolor de la pérdida. No en vano, las dos películas favoritas para estos Goya nos hablan de las relaciones paterno-filiales. En “Blancanieves” se pintan en gris, con tintes tristes y trágico, pero bellísimos. Un cuento moderno, un ejercicio brillante a todas luces, una muestra de lo que el cine en mayúsculas puede ofrecernos.

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